sábado, 3 de marzo de 2012

Póngase Agüita Tibia

Hoy es de nuevo viernes, gracias a Dios; y la semana va llegando a su final y trayendo consigo nuevas reflexiones, de las cuales quiero compartir una.

Esta mañana, mientras me dirigía a mi lugar de trabajo, en el hoy famoso y muy criticado TransMilenio, tuve una nueva “choco aventura”. De repente, mientras que el bus articulado iba en movimiento, percibí “de reojo” que la misma masa de personas que una estación atrás no habían dejado un solo rincón para que alguien más se subiera, comenzaron a abrirse hasta quedar en el centro y con buen espacio una pequeña niña de unos 7 años quien, acompañada por una señora que asumo era su madre, venía envuelta en una bufanda que su acompañante le apretaba con fuerza en su boca, haciendo de ella algo así como “un tapón”. Finalmente, a pesar de los esfuerzos de la “acompañante tipo corcho”, el problema salió a la luz pública y, mientras que oía un sonido que me recordaba las caídas de agua en mis idas al río, ¡la pequeña se vomitó! o como alguien dijo una vez por ahí “se gomitó”. ¡Ah vaina! la niña se mareó con el vaivén del bus, y la bufanda apretada no impidió que fluyera aquel líquido ya conocido por todos y del cual no voy a hacer ninguna descripción.

A partir de esta cruda escena con la cual dio inicio el fin de semana, nuestros investigadores de cabecera vieron su creatividad impulsada para realizar una nueva tarea investigativa. A continuación, “los vómitos del TransMilenio”… jejeje… Mentira, no es así. Sin embargo, sí surgió una nueva reflexión.

Con el fin de evitar la desagradable palabra “vómito”, mientras que me sea posible, voy a referirme a esta reacción física de otra manera, con nombres tales como “reversión alimenticia”, “proceso de des alimentación”, “emisión de bonos alimenticios” (Ahora que está tan de moda la emisión de bonos en el sector en el cual trabajo, el sector financiero), “expulsión” o simplemente “trasbocar”.

Quiero comenzar trayendo a colación un par de “tristes” historias de mi pasado, relacionadas con este infortunado evento físico, en el cual quedan desperdiciados el esfuerzo culinario, el mix de sazones y el disfrute de un delicioso plato de comida; y es que a la verdad yo me mareo hasta en un bus parqueado, incluso más fácilmente que la pequeña que esta mañana tenía un nudo en la boca con su bufanda; por lo cual recuerdo con gran aflicción de espíritu las salidas a escenarios tales como la llamada “Ciudad de Hierro” o “Rueda”, y en especial el terrible “Gravitrón”, ¡esa vaina era una licuadora de estómagos y, eventualmente, de “reversiones alimenticias”!

Mi historia número uno tiene como escenario el primer viaje que realicé a la hermosa ciudad de Bogotá, el cual fue llevado a cabo vía terrestre cuando yo tenía cerca de 11 años. Durante el trayecto, realicé la no despreciable suma de ocho “emisiones de bonos alimenticios”, de las cuales una de ellas fue la más trágica en realidad, y que  fue la última del paseo y la que “marcó mi vida”. Después de las siete “emisiones” anteriores, me quedé dormido por la debilidad producida por tanta emisión y, cuando desperté, sentí una fuerte necesidad de hacer un nuevo “proceso de des alimentación”. Medio dormido todavía,  busqué de manera angustiosa a la que se había convertido en mi compañera inseparable en el viaje, una bolsa plástica para depositar emisiones; pero no la encontré por ningún lado, pues el viento que entraba por las ventanas del automóvil particular en el cual nos movilizábamos se la había llevado y, pues mijo, al no hallar la “bolsa millonaria” e ir en un auto estilo cupé (que no tiene ventanas en la parte trasera que se puedan bajar o subir), pues los “bonos emitidos” quedaron en casa; es decir, dentro del carro, y ¡qué vergüenza tan tenaz con mi tía! Pues el carro en que viajábamos era de mi familia de Bogotá. Esta es la primera de las dos “tristes” experiencias.

La segunda historia a la cual quiero hacer referencia es corta, y está relacionada con un canino callejero, denominado comúnmente bajo el alias de “chandoso” o “canchoso”. El can en referencia, llegó un día luego de vagar por las calles a la esquina en la cual permanecíamos a diario mis amigos de adolescencia y yo, y la carta de presentación de dicho can, que posteriormente acogimos como un nuevo integrante del grupo de adolescentes, fue llevar a cabo una “reversión alimenticia”; por lo cual el nombre de nuestra nueva mascota fue (acá si me toca decirlo) “Vómito”. Así le pusimos por nombre y, en fin, el perrito era muy cariñoso con nosotros y viceversa, pero estaba muy enfermo, y poco después “partió a mejor vida” o “a mejor muerte”, en fin, se fue. Esta es la segunda triste historia.

Ahora, luego de un poco de “aventuras chocosas”, la verdadera reflexión que nació en ese infortunado evento sucedido en el TransMi, consiste en un pasaje bíblico relacionado con esta situación, en la cual nos declara que “Dios también se trasboca”, ¿Cómo? ¿Qué es esta vaina tan rara? Pues sí, la cuestión es que no se trata de algo físico, como todos los casos mencionados anteriormente, sino de que Dios “vomita” a las personas que Él mismo llama “tibios” (Apocalipsis 3: 16 “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”).

Esta palabra “tibio” en realidad no hace referencia a un estado físico, sino espiritual. Según los resultados de nuestro grupo investigativo, algunas de las características que hacen que a una persona se le pueda poner por sobrenombre “agüita tibia”, y que por ende pueda llegar a ser “vomitada por Dios”, son:

1. En su propia opinión está muy bien ante Dios, pero en realidad deja de lado la Palabra de su Creador.

2. Sólo obedece de Dios los mandamientos que le convienen, según su manera de ver las cosas.

3. Carece de celo por las cosas de Dios.

4. Eventualmente, se mueve bajo el lema “el que peca y reza, empata”.


Ahora, no considero que el “agüita tibia” sea alguien que faltó al servicio de la Iglesia el martes pasado, o que no participa de todas las actividades de la Iglesia local; porque sé que la relación con Dios es algo personal y que hay diferentes dones entre nosotros. Tampoco pienso que toda persona que falla está en situación de tibieza espiritual, porque de ser así pues nuestras comunidades religiosas serían en su totalidad algo así como las piscinas infantiles de los balnearios, o sea “pura agua tibia” (no voy a precisar a qué se debe la tibieza de estas piscinas). En conclusión, pienso que se trata de aquellos que deliberadamente pecan con una mente ya cauterizada, o sea insensible a la Palabra de Dios.

Finalmente, esta corta reflexión es más bien una invitación para no caer en el error de pecar de manera deliberada, tratando de justificar nuestras malas acciones con el amor de un Dios que, aunque sí es amor y perdón, también es verdad, celo y justicia (Hebreos 12: 28-29 “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”). El perdón de Dios es una verdad maravillosa, pero las consecuencias del pecado también son una realidad.

Por lo general, se trasboca algo que previamente se tomó con gusto para ponerlo al interior de nuestro ser, y nadie dice: “qué rico trasbocar, voy a hacerlo”. De manera análoga, Dios nos ha recibido con gran gusto dentro de su corazón, y Él no desea expulsarnos de su presencia.

Si no nos gusta trasbocar ni ver que alguien lo haga, mucho menos nos gustaría ser parte de su repugnante resultado, y con mayor razón si esto significa ser expulsados de la gracia de un Dios que nos ama y que nos quiere bendecir a su lado.

¡Hasta la próxima!


Referencia Bíblica:
Las citas bíblicas (RVR 1960) son de la versión Reina-Valera © 1960.
Fuente Foto: http://www.ecured.cu/images/e/ed/Vomito21.jpg

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